Verborrea mesiánica sin compromiso social

Debate y salud, columna de Jacinto Herrera León: Verborrea mesiánica sin compromiso social

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Existe una forma particularmente peligrosa de gobernar: aquella que pretende sustituir la realidad por el discurso. Cuando la propaganda desplaza a los resultados y la imagen institucional se convierte en prioridad, la administración pública deja de servir a los ciudadanos para servir únicamente a la narrativa del poder.

Yucatán atraviesa un momento que exige menos triunfalismo y mucha más autocrítica. Mientras los mensajes oficiales insisten en vender una entidad próspera, moderna y eficiente, Miles de ciudadanos enfrentan diariamente un panorama muy distinto: hospitales saturados, infraestructura insuficiente, crecimiento urbano desordenado, servicios públicos rebasados, movilidad caótica y una demanda social que supera con creces la capacidad de respuesta gubernamental.

La manipulación perversa consiste en presentar estadísticas cuidadosamente seleccionadas para construir una percepción de éxito, ocultando los indicadores que exhiben rezagos, deficiencias e ineficiencias. No se gobierna con campañas publicitarias ni con espectaculares; se gobierna resolviendo problemas. La realidad termina imponiéndose sobre cualquier estrategia de comunicación.

Resulta preocupante que la crítica ciudadana sea minimizada o interpretada como un ataque político. Quien señala deficiencias no necesariamente busca confrontar; muchas veces intenta evitar que la mediocridad administrativa se convierta en costumbre. Una democracia sana necesita funcionarios capaces de escuchar, corregir y rendir cuentas, no servidores públicos dedicados exclusivamente a proteger su imagen.

El acelerado crecimiento demográfico y económico de Yucatán representa una extraordinaria oportunidad, pero también un enorme desafío. Sin planeación, inversión suficiente y decisiones responsables, ese crecimiento puede convertirse en una fuente permanente de desigualdad, deterioro urbano y pérdida de calidad de vida. La improvisación siempre termina siendo más costosa que la prevención.

La responsabilidad pública no consiste en negar las carencias, sino en enfrentarlas con honestidad. La ciudadanía no exige gobiernos perfectos; exige gobiernos transparentes, competentes y dispuestos a reconocer errores antes de que estos se transformen en crisis mayores. Yucatán conserva fortalezas que otras entidades envidian. Precisamente por ello sería un grave error permitir que la autocomplacencia sustituya a la eficiencia.

El prestigio de un Estado no se sostiene mediante campañas de comunicación, sino mediante instituciones sólidas, hospitales funcionales, infraestructura suficiente, seguridad, servicios públicos de calidad y funcionarios comprometidos con el interés colectivo.

Cuando la propaganda pretende imponerse sobre la experiencia cotidiana de los ciudadanos, la confianza comienza a fracturarse. Ningún boletín oficial puede borrar las largas filas en los hospitales, los problemas urbanos o las deficiencias que la población enfrenta cada día. La verdadera grandeza de un gobierno no radica en convencer a la sociedad de que todo marcha bien, sino en tener el valor de reconocer lo que está mal y la capacidad de corregirlo. La eficiencia no se proclama: se demuestra. Y la confianza pública no se manipula; se gana con resultados.

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